Fotonoviembre 2021

A la lenta caída de la tarde es el título de un poema de Luis Feria que termina con este verso: «Destino de la luz, nunca te acabes». La belleza melancólica de su plegaria nos confronta con ese momento en el que todas las imágenes desaparecen, la llegada de la noche.

 

Pero ¿se puede acabar la luz? Hay una imagen muy presente en el relato científico y en las narrativas contemporáneas, dentro del repertorio Sci-fi, que lo encarna: un horizonte de sucesos es también una especie de momento crepuscular, como el de Luis Feria, pero de dimensiones cósmicas.

 

Todos sabemos más o menos lo que, supuestamente, es un horizonte de sucesos. Un borde, una zona límite, una frontera, un punto de no retorno: el destino final de la luz, y de toda información, materia, partícula o evento, antes de atravesar el umbral y convertirse en ese extraño cero que es un agujero negro. Arrastrar la luz impidiendo que se escape, atrapar la luz.

Cebrián. Sin título, ca.1965
Fondo Cebrián. Colección CFIT. TEA Tenerife Espacio de las Artes, Cabildo Insular de Tenerife

Stephen Hawking lo explicó contando que es ahí donde la gravedad tiene la fuerza justa para arrastrar a la luz de vuelta e impedir que se escape. Como nada puede viajar más deprisa que la luz, cualquier otra cosa será también arrastrada hacia dentro. Atravesar el horizonte de sucesos es algo así como llegar en una canoa a las cataratas del Niágara. Mientras estés río arriba, puedes salvarte si remas lo bastante deprisa, pero en cuanto llegas al borde estás perdido. No hay forma de volver. Toda información se pierde, desaparece. Pero ¿puede la luz ser atrapada para siempre? ¿Se destruye realmente la información? Son cuestiones sin resolver en los ámbitos del relato científico; desde la construcción cultural, no obstante, pueden ser retomadas. Por ejemplo, a través de la fotografía, esa caja oscura que nació precisamente para atrapar la luz.

 

Entre los muchos vaticinios arrojados por Walter Benjamin en su Pequeña historia de la fotografía, publicada en 1931, el autor escribió: «en el futuro será analfabeto quien no sepa leer sus propias imágenes». Es este un grave legado de responsabilidad, que nos fuerza permanentemente a tomar posición. Casi como un sortilegio, que nos acompaña desde hace ya noventa años, aún continúa despertándonos del sueño naturalizante de las imágenes, para obligarnos a extrañar esa caja negra, y asumir un calado contextual mucho más complejo que la unidimensionalidad a la que nos aboca habitualmente el consumo rápido del espectáculo. El mismo sortilegio viene a ser invocado por el contemporáneo Georges Didi-Huberman, que propone hacer de la imagen una cuestión de conocimiento y no de ilusión.

 

Históricamente, festivales y encuentros han tenido un papel determinante para la integración de la fotografía y su normalización como práctica artística dentro del museo. Es evidente, además, que también ha sido clave la dimensión didáctica que desarrollaron; la presentación de grandes nombres, aproximaciones históricas, el descubrimiento de autores locales, la visibilización de la escena contemporánea internacional o el acercamiento del medio al público a través de los entramados de talleres y seminarios. Cumplida hoy la buscada integración de la fotografía en el arte, y –casi– asumida la necesidad de contar con ella para elaborar un relato abierto y polifónico de la sociedad, parece preciso ahora reasignar manifiestamente al encuentro fotográfico aquella responsabilidad primaria señalada por Benjamin y sus sucesores: hacer de la imagen una cuestión de conocimiento y no de ilusión. La fotografía es espejo del devenir sociocultural. Debemos llevar la literalidad a la metáfora, entenderla como la caja negra de esta nave en la que viajamos. Muchos signos parecen indicarnos que marchamos en ella ya por una zona del río donde no cabe remar en la dirección contraria a la gravedad. En este viaje vertical, las fotografías aún tienen mucho que contarnos: la luz continúa hablando.

 

Escucharla es experimentar toda imagen como síntoma y expresión de un sistema complejo. Nuestra tarea constante, desde esa escucha activa, es realizar el trabajo necesario de conexión, reensamblaje, interpretación: salir del aturdimiento del espejismo del espectáculo, y despertar a la imagen como verdadera depositaria de la función epistemológica en este devenir imagen del mundo que nos caracteriza como sociedad.

 

En un momento en que el Centro de Fotografía Isla de Tenerife y FOTONOVIEMBRE acaban de alcanzar una especie de madurez, cuando cumplen 30 años de vida, resulta sin duda necesario plantear un espacio de reflexión que transcienda el mero consumo del objeto de la fotografía, y que trate de dibujar una concepción más amplia de las prácticas fotográficas, resituando a la fotografía en su pura esencia medial, es decir, como mecanismo de relación transversal y como pieza que forma parte de engranajes más complejos que responden, en el seno de la sociedad, a intenciones, deseos y necesidades.

 

Entendemos por tanto la Bienal FOTONOVIEMBRE como un mecanismo cuya misión es la de contribuir a ese llamado crítico e interpretativo auspiciado por Benjamin en los albores del medio fotográfico. Las imágenes son nuestra verdadera caja negra. Las fotografías constituyen sistemas complejos de comunicación. Toda imagen es una conversación, atravesada por cadenas textuales e icónicas. El cometido colectivo tiene que ver con algo que declina en nuestra sociedad: la capacidad de escucha. Prestar oídos.

 

Las fotografías particularmente están atravesadas por el espacio y el tiempo, por el territorio y la historia. Nuestra responsabilidad civil, como señala Ariella Azoulay, es la de visibilizar estos trayectos, leer y escuchar los relatos; tanto los visibles como los invisibles, y proponer nuevas lecturas. Reensamblajes: nuevas imágenes que formen parte de un diálogo vivo, donde ese acto de prestar oídos sea pieza fundamental para repensar la dimensión de lo civil.